Vivir es un tránsito, un camino en donde todos somos nómadas. Que la travesía merezca la pena, depende de ti.

15 de junio de 2017

La montaraza

A veces me pregunto, en estos tiempos en los que la inmediatez de las redes sociales arrasan literalmente con la información pausada y reflexiva, qué futuro tienen los blogs como Cuaderno de un Nómada donde los visitantes se tienen que tomar su tiempo para leer párrafos de más de ciento cuarenta caracteres y ver imágenes que, ¡oh, horror!, no cambian a cada instante, ni quedan anticuadas a los cinco minutos. Son diarios personales que están ahí para ser leídos y vistos durante una eternidad, pudiendo siempre volver a ser releídos y vistos de nuevo como si de un milagro se tratara. ¿A quién le puede interesar eso ya?.  En ellos la información no se volatiliza a los pocos días, horas o minutos, engullidos por la avalancha de comunicaciones, irrelevantes en muchos de los casos, de las redes sociales. En estas, lo que ayer se dijo, hoy se ha olvidado; de lo que ahora es trendtopic, mañana nadie se acuerda. Y en medio de ese mundo absorbido por las redes sociales, los likes, los seguidores y los amigos desconocidos, donde la realidad es que no se existe si no estás en ellas, los blogs parecen subsistir a duras penas, alejados de los millones de selfies que cuentan a esos cientos o miles de amigos -sí, a esos mismos desconocidos- lo bien que lo pasas y lo bonita y perfecta que es tu vida, como en una descomunal feria de vanidades. Quiero pensar que será por algo, que será porque en medio de todo ese batiburrillo de redes (¡qué sustantivo más bien escogido, le va que ni al pelo!) que han atrapado a una sociedad que parece adorar la "memoria fugaz", el recuerdo de lo inmediato, o lo que es lo mismo la "desmemoria", el olvido instantáneo, la amnesia, siempre habrá algún nostálgico de aquellos tiempos lejanos de internet en los que un blog era el lugar de referencia en el que encontrar información, reflexiones, pensamientos o ideas, experiencias compartidas por alguien al que realmente ni conocías, ni era tu amigo, pero que esperaba altruístamente que te sirvieran para algo. Sin esperar likes ni solicitudes de amistad a cambio. Vivencias vividas, compartidas y además útiles.

¡Qué alejadas están estas reflexiones de los cantos y trinos que la primavera más efervescente nos regala en la sierras!, pensaréis. Sin embargo, en el interior del hide, entre la visita de una tarabilla y la de un escribano, tengo tiempo para pensar en cómo cambian los tiempos, en cómo lo que ayer era "tendencia" (¡qué moderno era, fue bloguero!) hoy es un viejo recuerdo del pasado. Yo sigo con mis elucubraciones -alguno dirá que !anda que no se aburre ese!- en los ratos muertos, porque durante el resto ... ¡uff, no hay tiempo ni para pensar!

Las tarabillas (Saxicola rubicola) me dan juego en la alta montaña y me salvan alguna que otra sesión fotográfica, quizás para compensar que los pechiazules este año nos han dado calabazas. Y es que estamos acostumbrados a ver a este familiar pajarillo cerca de nuestras ciudades y pueblos, en cunetas, eriales y lindes, subidos sobre la ramita ligera de un rosal silvestre, una zarzamora, un carrasco o cualquier otro arbusto de no mucha altura, vigilando y cazando a los insectos que se le pongan a tiro por los alrededores. Sin embargo, se trata de una especie muy adaptable y con una amplia distribución, lo que nos permite observarla ocupando un amplio espectro de ecosistemas desde el nivel del mar a la alta montaña. Junto a acentores, pechis, currucas o escribanos, en las laderas del Sistema Central no nos costará localizar y observar a este pequeñajo encaramado en la punta de un piorno o de una prominente piedra, a menudo cerca de arroyuelos y prados alpinos. Así, por mi parte, tras varias jornadas por las laderas medio amarillas de estas sierras abulenses voy ampliando mi archivo fotográfico sobre este pequeño miembro de la familia turdidae. Veo a los machos siempre vigilantes, peleándose entre ellos ocasionalmente. Me observan aproximándome sin prisas a sus posiciones, sin forzar la situación, mostrándose, en cualquier caso, mucho más conspicuos que las hembras, recatadas y tímidas. Los busco a ellos por sus contrastes y su llamativo pecho naranja, y ellos se dejan encontrar, lo que les agradezco sinceramente. Los fotografío una y otra vez sin descanso. Con mi trípode acuestas en aproximaciones necesariamente lentas a pecho descubierto, o desde el interior del hide, voy retratando a este duende que tanta simpatía recoge entre los naturalistas.

Son mis tarabillas de montaña, las que me acompañan allí arriba, las que me engatusan para que les dispare mis inofensivas ráfagas repetidamente, las que me seducen, las montaraces que ahora se vienen a mostrar en este anticuado diario lleno de nostalgia y naftalina, donde no se puede dejar un triste like, aunque sí una reflexión tranquila y pausada, y amplia si se quiere, tomándose su tiempo, incluso de más de ciento cuarenta caracteres.
















2 comentarios:

  1. Son preciosas. Nosotros somos blogueros de corazón. Besitos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Me alegra que te gusten y me alegra aún más que sigas el blog con tanto interés, algo que me consta desde hace tiempo.

      Un beso.

      Eliminar